Av. Córdoba 939 Piso 3 (C1054AAI)Buenos Aires | Argentina(+54) 11 5254 8900

DURBAN | Puente entre Asia y África

Con
raíces en la cultura zulú, de pasado británico y boer y hogar de la
comunidad india más numerosa fuera de la India, la tercera ciudad del
país seduce con su mezcla cultural, clima cálido todo el año, playas y
safaris

El
jardinero del hotel baila al “ritmo” de la ensordecedora podadora de
pasto. Un grupo de amigas revolea las caderas en un centro comercial,
donde suena Gloria Gaynor a todo volumen. Los pasajeros de las combis
que hacen de taxis colectivos se sacuden con cada pum chis pum de AKA,
el rapero sudafricano del momento.



Todos
bailan en Durban, la ciudad que a fines del año pasado CNN nombró la
más cool de Sudáfrica. La ciudad que la mayoría de los visitantes pasa
por alto -y se pierde – por limitarse al típico circuito sudafricano: un
safari en el Kruger, una degustación de vinos en Ciudad del Cabo , un
recorrido por Ruta Jardín. Circuito que por cierto no está nada mal,
pero que no incluye Durban, la más africana de sus vecinas más
europeizadas.





Es
verdad que para llegar hasta aquí hace falta un tirón extra. Después de
la escala en San Pablo, todavía hay que tomar otro vuelo desde
Johannesburgo (una hora y 10 minutos). Pero es pisar Durban y sentir el
sol tibio en la piel, escuchar la carcajada contagiosa de los durbanitas
y respirar el aire del Indico, para olvidarse enseguida del cansancio y
del jet lag (aunque la diferencia de hora con la Argentina es de apenas
5 horas, el primer día se siente).



Con
3,5 millones de habitantes, Durban es la tercera ciudad de Sudáfrica,
después de Johannesburgo y Ciudad del Cabo. Y es, por lejos, la más
diversa del país. No sólo porque es la capital de la provincia de
KwaZulu Natal y cuna de los zulús, el grupo tribal más grande de
Sudáfrica (quienes recuerden la serie Shaka Zulu recordarán también al
rey guerrero Shaka, una máquina conquistadora de tribus).



También,
porque además de los descendientes de los colonizadores británicos y
holandeses, Durban cuenta con la mayor concentración de indios fuera de
India. Llegaron de a decenas de miles a fines del siglo XIX para
trabajar en las plantaciones de caña de azúcar, cuyos pastos largos aún
tapizan de verde las colinas que aprietan la ciudad contra el mar. Los
descendientes de aquella oleada de mano de obra barata -trasladada por
las autoridades coloniales del Imperio Británico- llevan más de siglo y
medio en Sudáfrica pero hablan con el inglés característico de la India,
tienen su propio barrio y mantienen sus tradiciones intactas. En el
Victoria Market, la feria india más grande de la ciudad, se pueden
encontrar por caso todo tipo de currys, especias y masalas con nombres
como “espanta suegras” o “bomba atómica”.




Gandhi
mismo vivió durante 21 años en Durban, donde tuvo su primer
encontronazo con la segregación racial: se le negó el asiento en un tren
por el color de su piel. Por esa razón, Durban se convirtió en la base
desde la que comenzó a gestar su campaña de resistencia pasiva, que
perfeccionaría más tarde en la India y que años después inspiraría a
Nelson Mandela en su lucha contra el apartheid (1948-1994).

Alma mestiza

Un
paseo por la Golden Mile (Milla de oro), la afamada costanera de 6km,
bastará para tener un pantallazo de la vibrante mezcla cultural
durbanita. Mujeres en saris, otras en burkas, artistas que esculpen
rinocerontes en la arena, skaters, vendedores de animalitos tallados en
madera o rickshaws engalanados al más puro estilo zulú conviven en
aquella arteria flanqueada por hoteles, restaurantes, edificios modernos
y algunos exponentes de art déco (no son pocos los que de hecho hablan
de la South Beach sudafricana, aunque resulte una comparación bastante
tirada de los pelos). Sin olvidarse de los surfers, desde ya, que
durante todo el año pueden aprovechar, en pleno centro de la ciudad, de
buenas olas, aguas cálidas, playas anchas, inviernos soleados y… redes
antitiburones que protegen a los bañistas.

En
un extremo de la Golden Mile se levanta uno de los hitos turísticos de
Durban, el uShaka Marine World. Es un acuario, sí, con delfinario y
shows de pingüinos y hasta la posibilidad de bucear con tiburones o
hacer snorkel en la laguna. Pero es a la vez un gigantesco complejo que
incluye paseo comercial, playa, parque acuático, restaurantes y más. El
acuario solo, que funciona dentro de un supuesto buque de carga varado
en los fondos marinos, ya es impactante de por sí.

En
el extremo opuesto, el estadio de Moses Mabhida (político sudafricano
que luchó por los derechos de los trabajadores) se ha convertido en todo
un símbolo de Durban. Algo así como la ópera de Sydney sudafricana. De
arquitectura futurista, fue construido para el Mundial de 2010. Está
rematado por un arco de 106 metros de altura, a cuya cima se accede en
dos minutos por un teleférico o skycar (US$ 4,5), desde donde se
obtienen vistas 360 grados de la ciudad. También desde allí se puede
practicar, para quien se anime, del bungee jumping más alto del mundo
(por ahora). Y para quienes no tengan interés en subir o saltar o
incluso hacer un tour guiado por el estadio, el People’s Park, en la
entrada del Moses Mabhida, es un auténtico parque del pueblo para andar
en bicicleta, tomar un café, fumar narguiles o hacer pic-nic.

Después
está el tradicional barrio de Morningside, con sus casas victorianas y
la concurrida Florida Road, zona de bares, restós y movida nocturna. Y
para más muestras de riqueza cultural, sin contar con el creciente
avance de los mercados chinos, habría que mencionar la mezquita Juma, de
cúpula dorada y la mayor del hemisferio sur, el templo hindú Ayalam (el
más antiguo del país), la catedral de ladrillos o el Ayuntamiento, un
imponente edificio neobarroco cuyo techo está preprado para la nieve,
porque estaba diseñado para el ayuntamiento de Budapest y por error se
despachó a Durban. Todos a pasos el uno del otro.

El resto de la ciudad no vale gran cosa. Además, por razones de seguridad, conviene evitarla de noche.

En
rigor, la mayor parte de la población negra aún vive en los townships,
asentamientos precarios de los suburbios y secuela palpable del
apartheid, cuando los negros debían vivir alejados de los blancos.

Por
otro lado, para visitar los barrios más chic, como Umlhanga o Ballito,
con sus hoteles de varias estrellas, terrazas al aire libre o casonas
sobre el mar, habrá que enfilar hacia el norte. En Ballito,
precisamente, el argentino Hugo Palacio abrió el exitosísimo restaurante
Eat Local (que de local no tiene tanto: hay desde parrillada hasta
helado de dulce de leche). Y en breve inaugurará un nuevo local en un
mall reluciente de Umhlanga. Nada mal para quien, asegura, llegó a
Sudáfrica en 1989 con apenas 89 dólares en el bolsillo.

Cazadores furtivos

Si
bien Durban es un buen punto de partida para disfrutar de las playas y
de una ciudad cosmopolita, tierra adentro es otro mundo. Un mundo de
montañas y praderas y casas circulares con techos de paja. Y como al fin
y al cabo estamos en África, la oferta de safaris es inagotable.

A
unas dos horas de Durban, Hluhluwe-Umfolozi (para pronunciar el nombre
correctamente hay que apoyar la punta de la lengua contra el paladar, a
la usanza zulú… así y todo es casi imposible) es la reserva de
animales más grande de KwaZulu Natal, además de la más antigua del país.
Aquí venía a cazar el mismísimo rey Shaka, a principios del siglo XIX.

Más
allá de las 84 especies de animales que coexisten en el parque,
incluidos los Big Five o Cinco Grandes (leones, elefantes, búfalos,
rinocerontes y leopardos: los cinco animales que Shaka consideraba los
más peligrosos), Hluhluwe-Umfolozi obtuvo una merecida fama por su
programa de protección del rinoceronte blanco. Que no es blanco por su
color, sino por su boca ancha (wide en ingles), que se presta a la
confusión con white (blanco).

La
caza furtiva de estos animales, por cuyos cuernos se pagan verdaderas
fortunas (en China se cree que, además de sus propiedades afrodisíacas,
los cuernos funcionan como agentes anticancerígenos), es un tema de
honda preocupación en Sudáfrica. No sólo se lanzaron campañas en la vía
pública (incluso en el aeropuerto de Johannesburgo, en una gigantografía
que muestra a una mujer sin una pierna, se puede leer: Esto no es nada.
Tengo suerte de no ser un rinoceronte), sino que algunos parques
contrataron a “cazadores para cazar cazadores”.

Por
eso, cuando el primer animal que divisamos entre la bruma de la primera
mañana en la sabana es un rinoceronte, todos celebramos el hallazgo.
Después vendrá un elefante, y otro, y otro más, hasta que contamos unos
20 y ya nos cansamos de disparar fotos y hacer selfies con el paquidermo
rumiando detrás. Eso sí: está prohibidísimo sacar los brazos y menos el
cuerpo fuera del Jeep, ya que el animal puede sentirse amenazado y
entonces sí que estamos en problemas.

“Los
elefantes comen 300 kilos de comida por día. Si mueven las orejas no
significa que estén contentos sino todo lo contrario: ¡huyan por sus
vidas!”. Son datos que dispara Keepo, el histriónico guía y clon de
Eddie Murphy. Y agrega lo que podría calificarse de curiosidad local:
“La bosta de elefante, cuando está seca, se quema y luego se inhala como
antídoto contra el dolor de cabeza”.

Hipopótamo a la vista

Por
la tarde, la experiencia National Geogrpahic continúa en el estuario
Santa Lucía, el más grande del continente y parte del Humedal de
iSimangaliso, el único parque de África donde pueden encontrarse a la
vez hipopótamos, cocodrilos y tiburones (además de más de 500 especies
de aves, 97 de mamíferos terrestres y otros números grandilocuentes).
Los tiburones son difíciles de ver, pero en las dos horas en que el bote
se desliza por las aguas amarronadas, habrá decenas de hipopótamos y
cocodrilos para la foto. Si hasta 1965 los hipopótamos eran cazados por
su piel, carne, grasa y hasta dentadura (Winston Churchill, la reina
Victoria y George Washington llegaron a tener dientes postizos de
hipopótamos), a partir de 1965 se prohibió su caza y pasaron a ser
especies protegidas.

Esta vez es el turno de Dennis de impartirnos un curso intensivo sobre las costumbres de nuestros animales estrella.

Como
que los hipopótamos y las ballenas comparten ADN, que los hipopótamos
machos se reconocen por las marcas en sus cuerpos (producto de las
feroces luchas entre ellos), que los cocodrilos pueden reemplazar los
dientes unas 3000 veces (y cuando pierden toda la dentadura, viven hasta
dos años antes de consumir la grasa interna), que no pueden hacer la
digestión con frío porque necesitan muchísima energía (“Una vez vi un
cocodrilo con un mono en la boca durante cuatro días: recién cuando hizo
calor, al cuarto día, se lo comió”, comenta Dennis).

En
el pueblito de Santa Lucía, los hipopótamos son visitantes habituales
cuando cae el sol. Se los llama “townies” y suelen acechar los jardines
en busca de pasto fresco. Los locales aprendieron a respetarlos y no
meterse con ellos. De hecho, ya hace varios años que no se registra
ningún ataque de hipopótamo. Pero en el África profunda, siempre hay que
estar alerta.

Datos útiles

Cómo llegar

SouthAfrican
Airways vuela a Johannesburgo desde San Pablo, y desde allí a Durban
(llega al Aeropuerto Internacional King Shaka, el más moderno del país,
inaugurado para el Mundial de Fútbol 2010).

Hasta
el 2 de diciembre de 2015 y del 28 de febrero al 17 de junio de 2016,
la tarifa es de US$ 1391 con todos los impuestos incluidos. A partir del
3 de diciembre y hasta el 27 de febrero de 2016 (temporada alta), es de
US$ 1942 con todos los impuestos.

Vacuna

Sudáfrica exige a los argentinos la vacuna contra la fiebre amarilla

Dónde dormir

Sobre
la Golden Mile, el Sun Coast Casino (www.suncoastcasino.co.za). Para
algo más autóctono, aunque un poco más alejado, el Fairmont Zimbali
Lodge, en Ballito (www.fairmont.com/zimbali-lodge)

Safari

Un safari de 8 horas (de 5 de la mañana a 13 hs), con desayuno y refrescos, US$ 56 por persona;

Estuario Santa Lucía

El paseo de dos horas en barco privado, con guía, es de US$ 20 por persona

Idioma

El zulú es la lengua materna más hablada, seguida por el inglés, el afrikáans y el hindi.

Gastronomía

Además
de la cocina internacional, los mariscos, pescados y comida india son
los grandes protagonistas de la mesa. El bocado típico es el Bunny chow,
un pan ahuecado relleno con curry de cordero, pollo o pescado no apto
para lenguas sensibles

Shakaland, una puesta en escena

Vaya
la aclaración de entrada: Shakaland es un paseo bien pero bien
turístico. Ahora, si el visitante quiere aprender un poco sobre la
cultura zulú de antaño (porque si bien se mantienen muchas tradiciones ,
los zulús ya no andan de taparrabos ni armados con lanzas) y con show
agregado, Shakaland podría ser una opción a tener en cuenta.

El
set de filmación de la serie Shaka Zulu se aprovechó para montar esta
aldea temática en la que el visitante es recibido con cantos y bailes
tribales. Después vendrá una demostración de estrategias de guerra (los
zulús vencieron a los ingleses en varias ocasiones), una degustación de
la cerveza hecha a base de maíz rojo, una visita al hechicero y una
explicación sobre la organización social. Como broche final, un show con
más aullidos, saltos acrobáticos, piernas revoleadas en el aire y
repiques de tambores.



Dónde informarse sobre este destino:
Neptuno Viajes
t .  54 11 5254 8900
s.  www.neptuno.tur.ar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *